el pestañeo de una estrella en el otro extremo del universo



Quiero hacer una lista.
La lista más larga del mundo.
Con todas las decisiones que me han traído aquí.

A este momento.
En el que cierro los ojos.
Y sólo los abro ante el manantial que los amenaza.

Quiero eyacular sobre un papel la inseguridad de mis ideas antes de dormir.
Vomitar todo eso que pienso y nunca digo.
Quiero dormir a pierna suelta. Tranquilo.

Drenaje.

Quiero ser consciente de que esto no solucionará nada.
Y hacerlo igual.
Hasta que una sombra negra se apodere de mis manos.

Exhausto.

Y pensar, pensar, pensar.
Si el cuerpo tendrá memoria de un dolor pasado.
. Como si el muy cabrón supiese más que tú.

Con sus células, músculos y huesos reorganizados.
Para que no seas feliz.
Para que no se te olvide que aquello que un día sufriste, sigue ahí.

Lo que te rompió el corazón.
Ahí.
Inerte pero latente.

Dispuesto a joder hasta la última de tus sonrisas.

Hasta que la muerte os separe.

aeiou


Es más bonita que el universo cuando se quita la falda y me mira a los ojos.

Yo me corro formando una vía láctea entre sus sábanas y le

digo que quiero oírla gritar.

Me sumerjo en la marea de su entrepierna y sonrío.


Otra vez.



Se cuelga de mi cuello como si yo fuese una cebra

y ella una hiena hambrienta.

Me gusta.


Porque sus uñas se clavan en mi nuca y recorren mi espalda

con un escalofrío.

Y muerde mi pómulo mientras exhala un sonoro gemido.


Se le ponen los ojos en blanco y se retuerce en un colchón de 1.90

agarrándose a las sábanas y lanzando cojines al aire.

Yo veo su vientre moverse.

Arriba.

Abajo.

Arriba.

Y pienso, entre otras cosas, que no debería ser legal estar tan cachondo

ni ser tan guapa como ella.

Chocolate


Me da miedo la noche. La oscuridad, y que un día el cielo se coma a la luna. Me da miedo.
La soledad impuesta. No poder decidir si me acompañan o no. Que me obliguen.

Pánico me da olvidarme de respirar, atragantarme o que un día de golpe quiera saber qué se siente al matar.

Me asustan las adicciones, la depresión y la ansiedad. La esquizofrenia.
Las agujas del reloj y las canciones del verano.
Los centros comerciales. Los adolescentes y el yogurt helado.

Me aterroriza pensar que, tal vez, si salgo dos minutos antes de casa, el coche al que adelante en la autopista le de por hacer un giro inesperado y me lleve por delante. O que al conductor del autobús en el que me subo cada día le de un ictus y nos estrellemos contra el edificio más cercano.

Me da miedo que me rompan el corazón. Que ya me lo hayan roto. Sentir cosas que nunca había sentido. Pensar cosas que nunca había pensado. Como si estuviese madurando, pero sin madurar. Como si lo único que tuviese fuesen pensamientos catastróficos.

Tengo miedo a elegir mal. A ya haber elegido. A mi sombra. A la envidia.
A que haya gente mala y que exista la pedofilia.

Me da pánico al dormirme, pensar si despertaré mañana y me horroriza que a mi familia le pase algo antes que a mí. Que tenga que verlo.

Me da miedo ser egoísta y decir adiós, porque un adiós puede ser para siempre.

Me asusta la falta de empatía.

Me dan miedo las chicas que no se reconocen en el espejo y los chicos que no encuentran la salida.
Que en Irak un niño maneje las armas mejor que yo y que en África la gente se muera de hambre.

Me dan miedo la ignorancia y la soberbia. El egoísmo y la economía. Que me maten por lo que creo.
Los curas y lo que esconden bajo su sotana.

Me da miedo doblar la esquina y que, si en lugar de a la derecha giro a la izquierda, tal vez sea la última vez que lo haga. La última vez que mire a mi alrededor. Que me cierre el abrigo. Que parpadee.

Me da miedo que me falte el aire y que el corazón se me pare sin avisar.
La gente rica y que existan los toreros.
El sueldo de los futbolistas.

Me da miedo no encontrar mi sitio. O encontrarlo para perderlo. Las señoras con abrigos de pieles y que jueguen con los animales.
Las ausencias y lo que no conozco.

Me da miedo que Valencia esté en peligro y que nadie escuche a los mineros.
Que la ignorancia sea la moda y que la gente use gafas aunque no las necesite.
Los políticos y la economía.

Me da miedo llorar más por la muerte de un caballo que por la de un soldado.

Me asusta enamorarme, la infelicidad y decidir.
La intolerancia, el racismo, las miradas de odio y los empujones.

Me da miedo el holocausto.

Me dan miedo las multitudes. Mi generación y lo que nos espera.
Me da miedo lo que está por llegar.
Quemarme con el sol.
Las matemáticas y la física.

Me asusta comer más veneno del que creo.
Echar de menos y no saber querer.
Que un padre pueda matar a un hijo.

Me da miedo no volver a mirarte a los ojos.
Y que el mundo se rompa en mil pedazos. 

a tí


En el fondo de mi armario guardo, entre bufandas y chaquetas que apenas utilizo, el cuadro que un día tú me regalaste. Un día porque sí. Sin un aniversario o un cumpleaños de por medio. No era ningún día especial. Nada. Era un día.
Me miraste con tus ojos de color te-comería-aquí-mismo y sacaste una carpeta de cuero negro de debajo del sofá. Apenas parpadeaste y la posaste suavemente entre mis manos.

Yo no supe qué decir. Era como desnudarte con la ropa puesta. Como asomarme a tu interior siendo invitada. Era como ver por el catalejo de tu garganta, como si una luz de pronto iluminase todo lo que sabía de ti.

Miré aquellos dibujos uno por uno, deteniéndome en cada detalle, como si su existencia dependiera de que yo les dedicase unos momentos. Y mientras, tú, tan cerca, clavando tu mirada en mí mientras yo escuchaba tu respiración en mi cabeza.

Me sorprendió que me dijeses que me quedase con mi favorito. A decir verdad, siempre me sorprendía que me hicieses parte de ti. Llegué al final, acariciando los bordes del oscuro cuero y decidí apoderarme de la imagen de una casa en el campo, con un cielo nublado y un campo cubierto de flores rojas.
Lo elegí porque no quería olvidar la tranquilidad que me transmitía. Una calma, allí, acariciada por tu aliento, que quise que durase para siempre.

Me lo diste, cerrando la carpeta y volviendo a mirarme a los ojos, y yo sólo pude pagarte con un beso.

Y así es que ese cuadro sigue en el fondo de mi armario, porque me hizo feliz donde ahora no hay más que amargura. Porque aunque ahora odio mirarlo, tampoco soporto que no exista.

Está ahí para que, cuando cambio la ropa de otoño por la de invierno, y la de invierno por la de verano, me recuerde el número de estaciones que llevamos separados.

Está ahí para alimentar mis ganas de llorar. Sigue ahí porque olvidé lo que es la calma y tú dejaste de llevarme al cine.

Sigue ahí para recordarme el paisaje que a la vez dejaste impreso en mi interior. Con flores muertas y nubes negras. 

que ahora no llueva


Pongamos que hay un elefante en la habitación. Un elefante grande y gris que me pega trompetazos en el brazo cada dos segundos.

Pongamos que te miro a los ojos y me explota el corazón en mil pedazos. Que me quedo petrificada y lo único que sigue en movimiento en una pausa casi eterna son los toquecitos que da el animal contra el suelo. Haciendo notar su presencia.

Pongamos, también, que nos falta el valor para apartar la vista y también para dejarla quieta. Pongamos que no sabemos qué hacer o nos sobran las ideas. Que el elefante entre nosotros a ti te impide tocarme y a mí me impide ser sincera.

Pongamos que hay, entre nuestros cuerpos, un elefante tan grande que no nos deja respirar. Ni pensar. Nos empuja, engulle nuestras ideas y lo único que se escucha son sus barritos. Y seguimos, petrificados. Mirando al infinito. Soñando con lo que podría ser. Barruntando un futuro que no sabe a qué atenerse.

Yo inmersa en mi realidad estrepitosa, donde no sé ni lo que siento ni por qué lo siento. Donde sólo llego a darme cuenta de lo que me gusta la vorágine que tiene lugar en los límites de mi piel.

Tú. Frente a mí. Apolíneo, perfecto, escultural. Con los ojos más bonitos del planeta.

Nosotros. Sin ser capaces de hablar de un animal que no debería estar ahí.

Sin poder hablar de si te beso o no me besas. Si me gustas o te encanto. Si nos vamos o te quedas.

Si te odio o si me quieres.


** Si tú fueses inglés y ayer te hubieses tirado a una puta que hoy resulta ser la hermana de tu nueva novia, intentarías evitar hablar al respecto por razones evidentes. No obstante, podría llegar el momento en que la puta te dijese "are we going to talk about the elephant in the room?" O lo que es lo mismo, cuando pasa algo entre dos personas, no hablar de ello es tan difícil como no hablar de un elefante en medio de la habitación.
Es la mejor expresión del mundo, o qué?

siete gotas


En la calle no hacía excesivo calor. Llevaban varias semanas internándose en un otoño que parecía dispuesto a disfrazarse de invierno y las bufandas recorrían las calles más de lo habitual en aquellas fechas. Aquel extraño frío, junto a una madrugada que estaba lejos de terminar, confería a aquellas cuatro de la mañana un entorno británico y nebuloso.

La habitación se iluminaba con los destellos que llegaban de una farola en la calle, y bajo la tenue luz, a él sólo se le antojó desaparecer bajo el sujetador que descansaba en una esquina junto a la puerta. Giró su cabeza y la observó, tendida a su izquierda, con un pecho asomando bajo las sábanas, y sintió un tenue calor haciéndose dueño de su entrepierna.

Comenzó a acariciar la montañosa formación, hasta sentir bajo sus dedos cómo se erizaba un pezón hasta entonces dormido. Jugueteó con él durante un instante, contemplando su paulatina transformación y sintió, a la vez, que una repentina presión comenzaba a tirar del pantalón de su pijama.
Se incorporó despacio, cambiando de postura para evitar la incomodidad y se acercó a ella suavemente. Juntó su cara junto a la suya hasta percibir en su mejilla la acompasada respiración que indicaba que seguía dormida.  

Sin cambiar de postura, comenzó a descender hasta llegar a la puntiaguda formación que parecía haberse paralizado a la espera del regreso de sus manos. Sin intención de decepcionarla, acercó su boca suavemente y comenzó a acariciarla con su lengua, dándole forma y moldeándola a su antojo hasta que terminó de introducirla del todo en su boca.

La tensión entre sus piernas aumentaba a pasos agigantados y él sólo podía disfrutarlo.

A la vez que sus labios se entretenían, su mano encontró recreo al asirse de la estructura paralela que había reclamado atención asomando bajo la tela.
Mientras se dejaba llevar y sentía desaparecer todo lo que le rodeaba, sintió de pronto que una mano presionaba su nuca y elevó la mirada para encontrarse con sus lascivos ojos que parecían llevar horas despiertos.
Al manosear los turgentes pechos, recorrió cada recoveco de su vientre con los labios mientras ella se enredaba en las ondas de su pelo, gimiendo suavemente.
Subió con su lengua hasta llegar al aterciopelado cuello, donde se perdió entre las hipérboles de sus pliegues. Lo saboreó hasta extasiarse, creciéndose conforme aumentaba la frecuencia  de los suspiros y gemidos.
Avanzó más, hasta llegar a su boca, donde se adentró en un beso tan húmedo como el océano y se entregó al placer de la correspondencia.
Mientras se amalgamaban en aquella unión, sintió de pronto que una mano delicada y femenina se adentraba en sus pantalones.
Abrió los ojos para encontrar los de ella clavados en él, gritando lujuria con cada fibra de su pupila, devolviéndole la sonrisa más cómplice de la historia.

A la vez que avanzaba en su entrepierna, le empujó con suavidad para liberarse de la presión de su cuerpo. Siguió besándole, arrancándole furiosa el pantalón que poco a poco había ido tensándose más y más. Una vez tuvo libertad de movimiento, envolvió con su mano el rígido miembro que había alcanzado su máximo esplendor.
Desvió la atención de su boca al lóbulo de su oreja, haciéndole estremecer con cada contacto de su lengua y poco a poco descendió por sus caderas, cediéndole su mano todo el trabajo a sus labios.
Las oscilaciones constantes de su cabeza le relajaban haciéndole consciente de cada una de las reacciones de su cuerpo ante la constante estimulación a la que la muchacha le sometía con sus manos, su boca y su pelo.
Su respiración se había vuelto más pesada e intensa, y movía su cuerpo al ritmo de los movimientos de su lengua.
Ella comenzó a disminuir el ritmo de sus movimientos hasta cambiar su postura por completo, apoyando una rodilla a cada lado de su cintura y acercando su rostro al suyo, se reclinó sobre sus manos y susurró a medio milímetro de su oído aquella necesidad transformada en orden.

Al oído de aquella solitaria palabra, él la elevó con sus brazos hasta situarla bajo su pecho, abriéndole las piernas y situándose entre ellas.

Y convertir el otoño en verano nunca fue tan sencillo como lo fue para ellos aquella madrugada.

rencor.

Que mi recuerdo se aloje en las grietas de tu cráneo.
Que mi imagen haga sangrar las cuencas de tus ojos.
Que tu alma gotee insatisfacción sin solución.
Que te mueras.
Que te pudras.
Que nunca jamás seas feliz.
Que te duela.

Que sientas cómo tu sangre revienta cada una de tus venas al pensar en mí.
Que se te desarme la compostura si me encuentras.
Que se te sequen los ojos si no me ves.
Que vivir se transforme en el mayor de los castigos.
Que el infierno sea el paraíso comparado con mi ausencia.

Que se te olvide hasta lo bonito. Porque no te lo mereces. 

Amazing

Tenía la mirada de una gacela en celo. Si he de ser sincera, nunca he visto una gacela, mucho menos he visto una en celo, pero si tuviese que describirle de alguna manera esa es la primera que se me viene a la cabeza. Esos ojos que venían pidiendo guerra y gritando lujuria a viva voz.

Esos ojos que gritaban que podría follarme hasta el infinito, hasta el fin de los tiempos, hasta que la tela bajo mi espalda se desintegrase al contacto con mi sudor. Hasta que me oyesen en las profundidades de Groenlandia gritar hasta quedarme sin voz, haciéndole estremecerse mis piernas abiertas en su regazo. Subiendo sus manos por mis piernas con tanta fuerza que a su paso me ardiese el alma, clavando él sus ojos con ansia en cada parte de mi cuerpo al descubierto. Volviéndose loco.

Dejarme llevar y agarrarme con saña al pelo que por su nuca asoma. Perderme entre sus pantalones, recorrer con mi lengua cada milímetro de su piel. Hasta el más recóndito.

Sentir que me falta el aire, que se me incencia hasta la piel muerta bajo las uñas. Que se me transforma el esófago en volcán y la lava son mis gritos.

Que rompa él la poca ropa que aún me quede encima. Joder. Volverme loca entre sus piernas.

De eso tenía ojos. De follarme hasta morir de placer, de hacerme bailar en los anillos de Saturno del gusto, volver y todavía tener fuerzas para un tercer asalto.  De ser el único capaz de matar el hormigueo constante que en mi estomago tenía lugar  cada segundo del día que a su lado pasaba. 

Tenía, a fin de cuentas, los ojos más follables que jamás había visto.

paparruchas

Y ya no sé si merece la pena pensar en ti. Recordarte.

Porque seguramente tú ni siquiera pienses ya en el tacto de mis piernas bajo la palma de tus manos.

Seguramente ya no se te estremezca el alma al recordar mi piel ardiendo entre tus labios.

Probablemente no quedamos ni nosotros. Las únicas que conservan los recuerdos son aquellas cuatro paredes.

Y ya no nos queda nada. Sólo imágenes solitarias que se presentan de la nada cuando menos las queremos.

Sólo tu saliva resbalando por mi entrepierna.

Sólo la sensación fantasma de tu pecho contra mi espalda.

Sólo tu puta imagen trepando por mi vientre.

Y es que allí sólo queda tu ausencia. La nuestra.

Y lo peor de todo es que empieza a importarme menos que una mierda.

Ya sé que te idealizo, lo sé.

Levantarse y que sea uno de esos días que dice la gente que es mejor no levantarse.
De esos en los que te mueres del asco.
De esos en los que joder, cómo te echo de menos y cómo odio al mundo que no eres tú.

Y que es una mierda parecer una emo cuando digo estas cosas, pero así las siento y así las quiero decir.

De esos días en los que empiezo a pensar y acabo pensando en todo menos en tí.
Y sólo me salen palabras feas, de las que no utilizo casi nunca, sólo cuando pienso muy dentro de mí.

Y empiezo a pensar que soy imbécil. Que fui imbécil. Porque pienso en las cosas que hice y que ya no puedo arreglar. Que nada tienen que ver contigo, lo sé. Pero ya he dicho que pienso en todo menos en tí.

Pienso en las cosas que hice mal. En todas. En las personas que llegaron a mi vida y nunca debieron hacerlo.

Pienso que vendería mi alma por que tú estuvieses en su lugar.

Mierda, joder. Que se me aloja un nudo en la boca del estomago y no puedo ni tragar sin sentir un manojo de malestar.

Yo qué sé. Que nunca supe lo que era echar de menos hasta que te conocí.

Y ahora duele.

Y no es que sea por pensar en tí.
Es por pensar en toda la gente de mi vida que podría ser tú, en toda la gente que está más cerca que tú.