Chocolate


Me da miedo la noche. La oscuridad, y que un día el cielo se coma a la luna. Me da miedo.
La soledad impuesta. No poder decidir si me acompañan o no. Que me obliguen.

Pánico me da olvidarme de respirar, atragantarme o que un día de golpe quiera saber qué se siente al matar.

Me asustan las adicciones, la depresión y la ansiedad. La esquizofrenia.
Las agujas del reloj y las canciones del verano.
Los centros comerciales. Los adolescentes y el yogurt helado.

Me aterroriza pensar que, tal vez, si salgo dos minutos antes de casa, el coche al que adelante en la autopista le de por hacer un giro inesperado y me lleve por delante. O que al conductor del autobús en el que me subo cada día le de un ictus y nos estrellemos contra el edificio más cercano.

Me da miedo que me rompan el corazón. Que ya me lo hayan roto. Sentir cosas que nunca había sentido. Pensar cosas que nunca había pensado. Como si estuviese madurando, pero sin madurar. Como si lo único que tuviese fuesen pensamientos catastróficos.

Tengo miedo a elegir mal. A ya haber elegido. A mi sombra. A la envidia.
A que haya gente mala y que exista la pedofilia.

Me da pánico al dormirme, pensar si despertaré mañana y me horroriza que a mi familia le pase algo antes que a mí. Que tenga que verlo.

Me da miedo ser egoísta y decir adiós, porque un adiós puede ser para siempre.

Me asusta la falta de empatía.

Me dan miedo las chicas que no se reconocen en el espejo y los chicos que no encuentran la salida.
Que en Irak un niño maneje las armas mejor que yo y que en África la gente se muera de hambre.

Me dan miedo la ignorancia y la soberbia. El egoísmo y la economía. Que me maten por lo que creo.
Los curas y lo que esconden bajo su sotana.

Me da miedo doblar la esquina y que, si en lugar de a la derecha giro a la izquierda, tal vez sea la última vez que lo haga. La última vez que mire a mi alrededor. Que me cierre el abrigo. Que parpadee.

Me da miedo que me falte el aire y que el corazón se me pare sin avisar.
La gente rica y que existan los toreros.
El sueldo de los futbolistas.

Me da miedo no encontrar mi sitio. O encontrarlo para perderlo. Las señoras con abrigos de pieles y que jueguen con los animales.
Las ausencias y lo que no conozco.

Me da miedo que Valencia esté en peligro y que nadie escuche a los mineros.
Que la ignorancia sea la moda y que la gente use gafas aunque no las necesite.
Los políticos y la economía.

Me da miedo llorar más por la muerte de un caballo que por la de un soldado.

Me asusta enamorarme, la infelicidad y decidir.
La intolerancia, el racismo, las miradas de odio y los empujones.

Me da miedo el holocausto.

Me dan miedo las multitudes. Mi generación y lo que nos espera.
Me da miedo lo que está por llegar.
Quemarme con el sol.
Las matemáticas y la física.

Me asusta comer más veneno del que creo.
Echar de menos y no saber querer.
Que un padre pueda matar a un hijo.

Me da miedo no volver a mirarte a los ojos.
Y que el mundo se rompa en mil pedazos. 

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Bea von Nett dijo...

Tía, yo también tengo miedo a la esquizofrenia. Pánico absoluto. Y nunca se me había ocurrido lo del ictus al conductor del bus, oh dios, obsesión!!!

Y los que usan gafas sin necesitarlas… Espero que sea una mínima proporción de la población mundial. Pero deberíamos temblar. No saben lo que hacen. Incomprensible para los que las llevamos desde pequeños.

Tener que ver que a tu familia le pase algo, la falta de empatía, no encontrar mi sitio… Echar de menos y no saber querer… No volver a mirarte a los ojos… Suscribo todo eso... ¡vaya que si lo hago!

Peeeeero querida, creo que el corazón se rompe, sí. Pero la genialidad es que luego se cose y ya no duele más. No se si nuevo o lavado con Perlán. Con más experiencia, si acaso, pero como casi nuevo :))

Balagar dijo...

El que no sienta miedo es que nunca ha sentido. El miedo nace del rechazo consciente a perder algo que te llena. El día que dejemos de tener miedo a todas esas cosas (y a muchas más que a mí me aterran por completo) es que estaremos vacíos por dentro y no merecerá la pena estar vivos, porque sin pasión la vida se convierte en un anodino y constante suceder de segundos y de minutos malgastados; y si de algo hemos de estar satisfechos cuando nos llegue la muerte (cosa que inevitablemente sucederá) es de haber intentado VIVIR día a día.
Yo también te confieso que tengo miedo a mil millones de cosas, la primera de ellas a morir.
Un abrazo.

Anna K. dijo...

Me da miedo no dejar de sentir nunca que voy a deshora, a contrarreloj, sin saber si encontraré el equilibrio. Si es que acaso éste existe. Si mi vida se balanceará siempre en esta arritmia sin pies ni cabeza que el mundo y las gentes en su día a día se dedican a acentuar.
Si alguien algún día me mirará a los ojos y no hará falta que le diga que tengo miedo porque va a quedarse, y esta vez de verdad.

Querida Luna, como dice Balagar, tener miedo es estar vivo, es sentir sin importar las consecuencias y sin ponerse límites a uno mismo.
Me gustaría tanto hablarte largo y tendido de tu email, pero el día a día me engulle.

Con respecto lo del corazón roto. Siento mucho decir que yo soy de las que cree que un corazón roto siempre estará roto y siempre va a doler, entendiendo con ello que no todo el mundo tiene el poder para hacer tal cosa. Igualmente, no quiero decir tampoco que se tenga que mirar echando la vista atrás, sencillamente, que el corazón y la piel tienen una memoria mucho más persistente que la cerebral.

Petonets